Cartas a la Dirección

Hedonismo versus lo comunitario

Hedonism versus communitarianism

DOI: 10.55783/comunidad.250306

Francesc Brull Fornt.

Mireia Garcia-Villarrubia Muñoz.

Para contactar:

Francesc Brull Fornt. fbrull.tgn.ics@gencat.cat

El hedonismo es una corriente filosófica y moral que considera y prioriza a la vez el placer como aquello que determina el valor de una acción. En nuestra sociedad esta corriente ha tomado dos vertientes: la primera de ellas, y la más común, centra el placer desde la perspectiva de experiencia personal, íntima e intransferible; la segunda, en desuso, se ocupa del ámbito comunitario o el placer común, de todos y para todos.

El hedonismo individual, y por ende el narcisismo coexistente, es una de las principales resistencias y/o reactancias en la prevención en salud, el trabajo en equipo y la participación grupal y comunitaria. Estas resistencias tienen distintas etiologías, interesantes de analizar y tener en cuenta en toda intervención en el ámbito comunitario.

Seguramente nos aportaría mucha información hacer una revisión de la teoría psicoanalítica sobre hedonismo y narcisismo, pero vamos a desarrollar este artículo desde la teoría ecológica de Bronfenbrenner.

La primera resistencia hacia lo comunitario en las sociedades occidentales nace en el macrosistema, condicionando al individuo, la familia y la comunidad, y a su vez los constructos mentales (George Kelly) con los que vamos a interpretar el exosistema, el mesosistema y el microsistema desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Por ejemplo, un elemento común en la mayoría de las sociedades es la competencia en todos sus ámbitos (supervivencia, economía, distribución de recursos, etc.). La competencia extrema a menudo lleva al conflicto entre individuos, comunidades y países, convirtiendo el trabajo comunitario y/o grupal en una ardua tarea de pedagogía y reprogramación cognitiva comunitaria constante debido a la propia etiología de la competencia, entre lo social y lo natural. Esto conlleva una reflexión comunitaria que impregne la individualidad, para evitar que proyectemos consciente e inconscientemente a los recién nacidos aspectos vinculados al significado disfuncional y desadaptativo de la competencia.

A menudo en charlas de café, debatiendo con compañeros o compañeras del mundo de la educación primaria, observan estupefactos que todos aquellos valores que se trabajan desde edades muy tempranas se desvanecen a causa de mensajes contradictorios en el seno de las familias, en el propio vecindario y en los medios de comunicación y las redes sociales, llegando a la conclusión de que lo comunitario se entiende, pero a menudo no se comprende, ni se comparte. En ningún caso estamos buscando culpables, simplemente tenemos que tomar conciencia de lo antagónico y perverso del propio sistema.

La segunda resistencia incluye no salir de los constructos mentales incorporados sociogenéticamente desde la infancia, de los pensamientos automáticos y de la seducción del hedonismo individual por miedo a algo tan etéreo y líquido como, por ejemplo, el concepto «perder» versus «ganar», consustancial a la competencia. Este perder mental se asocia con conceptos como el tiempo, el dinero, las aficiones, «mi espacio», «el mí», «mi yo» y «mi todo». Los conceptos «ganar» y «perder» mueven los intereses de una sociedad. Fijaos, por redundante que sea, en que los banqueros «siempre ganan», en que los políticos «nunca pierden», y un largo etcétera de constructos existentes en nuestra sociedad que validan un sinfín de conductas.

Asociamos tanto el placer a lo individual que interpretamos y vivimos el mundo desde el yo, desde nuestra exclusiva singularidad, desde el propio beneficio; así pues, vivir desde un nosotros colectivo, desde un todo, desde lo comunitario, requiere esfuerzo, empatía, constancia y compromiso, así como respeto y una dosis de humanidad, alejando la crítica constructiva de lo personal. Es bien cierto que la mayoría de los logros comunitarios permanecen y ayudan al desarrollo de todos los individuos, en contraposición al  divide et vinces.

Otro elemento heredado del macrosistema es el tiempo. Este tiene que estar alejado del significado vinculado al capitalismo y al rédito político resultadista, ambos fundamentados por principios hedonistas y narcisistas. La constancia del tiempo y con tiempo tiene que permitir diagnosticar, identificar, planificar, compartir, ejecutar, evaluar y volver a empezar. Un ejemplo clásico por antonomasia fue la revisión comunitaria del sistema educativo finlandés. La salud pública a veces no se escapa de estos fenómenos, los objetivos muchas veces se ciñen a esta estructura y han de ser a corto o medio plazo, sin tener en cuenta que la consolidación de lo comunitario requiere de lo longitudinal y trasversal, como todo.

Estas resistencias tienen que tenerse en cuenta en cualquier abordaje de lo comunitario; es decir, encontrar un eco que permita el trabajo comunitario e identificar aquellas situaciones que entorpezcan el desarrollo comunitario.

Wilfred Bion, en la teoría de grupos, ya hablaba de la importancia de los supuestos básicos como elementos que dañan la propia dinámica del grupo cuando este funciona en modo trabajo. La comunidad no está exenta de estos supuestos básicos. Tenemos que ser conscientes de que nuestro trabajo tiene en cuenta al individuo, pero va más allá de él, incluye a la sociedad y al propio sistema que lo rige.

En nuestro día a día como personal sanitario, comprobamos que el hedonismo individual, en sus mil formas, es la raíz de los determinantes sociales que perjudican la salud. Nunca en la historia moderna las sociedades habían manejado tantos datos y metadatos, tantos estudios científicos, tanta evidencia (científica y empírica) en todas las disciplinas, poniendo en relieve que cuando existe un nosotros, cuando colectivizamos un problema, una patología, un sentir y un vivir, evolucionamos todos.

Estas reflexiones nacen a raíz de la implementación de una nueva visión de la salud por parte del Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya que busca potenciar lo comunitario y, también, ese espacio común donde muchos profesionales de diferentes ámbitos trabajan en su día a día, con distintos actores y factores, favoreciendo una nueva visión de la salud más allá del yo y más cerca de las circunstancias. Esta experiencia requiere precisamente de tiempo, de consolidación en la sociedad y en el propio sistema sanitario.

Comunidad. 2023; 25 (3): 88-89

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