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Opinión

La epidemia por virus del Ébola. Un protocolo imperfecto


Asensio López Santiago. Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Centro de Salud de La Unión. Murcia

Para contactar:

Asensio López Santiago: alopez@semfyc.es

 


 

Resumen

 

El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad elaboró, en colaboración con sociedades científicas médicas, un protocolo para intervenir ante la aparición de casos de infección por el virus del Ébola. Adaptado a las recomendaciones de los organismos internacionales, recoge información básica sobre procedimientos de notificación a nivel nacional, métodos de diagnóstico de la infección por virus del Ébola, medidas de prevención y control de la infección. Sin embargo, la aparición de los primeros casos en España puso de manifiesto carencias acerca de la necesidad de un liderazgo social, la ausencia de principios y valores entre algunos gestores y la necesidad de disponer de estrategias de comunicación con los ciudadanos.

 

Palabras clave: virus del Ébola, crisis sanitarias protocolos, liderazgo.

 


 

Según la actualización de la Organización Mundial de la Salud (OMS) del 13 de mayo, desde el comienzo del brote de la enfermedad por virus del Ébola (EVE), el número de casos probables, sospechosos y confirmados notificados asciende a 26.760, incluyendo 11.080 fallecidos. Desde comienzos del año 2015, la respuesta a la epidemia de la EVE en los países con transmisión extendida o intensa ha pasado a una segunda fase, en la que el objetivo ya no es reducir la transmisión, sino eliminarla y finalizar la epidemia. Actualmente el brote de EVE en África Occidental se concentra en dos países con transmisión: Guinea Conakry y Sierra Leona.

 

Estos datos corresponden con el último informe emitido por la OMS antes del cierre de esta edición de la revista Comunidad. Datos que resultan dolorosísimos si atendemos a las miles de personas afectadas y fallecidas como consecuencia de esta epidemia, pero que contrasta con la situación de alarma a la que asistimos cuando se diagnosticaron los primeros casos en nuestro país en octubre de 2014.

 

Recordamos que para afrontar la epidemia en nuestro país está vigente un protocolo elaborado por el ministerio en colaboración con sociedades científicas, que experimentó varias modificaciones hasta la elaboración de su última versión, del 11 de noviembre de 2014. El protocolo está adaptado a las recomendaciones de los organismos internacionales y de la Unión Europea y tiene en cuenta la legislación sanitaria y laboral española. Recoge una información básica sobre la EVE y su agente causal, definiciones de caso en investigación de aplicación en el territorio nacional, procedimientos de notificación a nivel nacional, método de diagnóstico de infección por el virus del Ébola, medidas de prevención y control de la infección en los centros sanitarios donde se reciban pacientes en investigación o confirmados de la EVE, estudio y manejo de contactos de riesgo, recomendaciones al alta de los pacientes y manejo post mórtem de los casos.

 

Aparentemente se trata de un protocolo bien elaborado, con buenos fundamentos científicos y apoyado en la opinión de los mejores expertos. Por tanto, un protocolo en el que debemos confiar los profesionales y los ciudadanos ante cualquier sospecha de infección. Sin embargo, no podemos olvidar que con la declaración de primer caso de una persona infectada por transmisión secundaria en nuestro país asistimos a una gestión catastrófica por parte de las autoridades sanitarias, llena de irregularidades y con consecuencias adversas para la salud de los ciudadanos. Por tanto, algo falló en ese protocolo, o en la aplicación de ese protocolo, que merece ser analizado. Considero que al menos tres aspectos de importante relevancia merecen una reflexión, y esos aspectos están relacionados con la gestión del protocolo y con los gestores de los sistemas de salud.

 

Un primer aspecto tiene que ver con el liderazgo social en las cuestiones relativas a la salud de las personas. Sabemos que la salud de los ciudadanos está mucho más relacionada con sus condiciones sociales y con la organización de los sistemas sanitarios que con la cualificación de los profesionales sanitarios o con la tecnificación de los medios disponibles. Son las políticas sanitarias y las políticas socioeconómicas las auténticas apuestas para mejorar la salud. Por tanto, aun siendo imprescindibles los profesionales sanitarios, lo son aún más los gestores y los políticos que se comprometen ante los ciudadanos a trabajar por su bien y a impulsar políticas que garanticen su bienestar y su salud. Sin embargo, pudimos asistir en los primeros días de octubre de 2014 al fracaso absoluto en la gestión de la EVE por los gestores sanitarios. Fue tal el grado de incompetencia en la gestión que para recuperar la imagen y la confianza ante la población, los políticos tuvieron que retirarse a un segundo plano, para que fueran los científicos, los profesionales, en definitiva, los tecnócratas, constituidos en un comité de expertos, los que asumieran el liderazgo. Sin cuestionar la labor de estos, que considero brillante y fue capaz de devolver la confianza a los ciudadanos, nos encontramos ante un anacronismo, pues la población recuperó la confianza cuando sus representantes, nuestros representantes, renunciaron al liderazgo. Justo en el momento en que es más necesaria su presencia, hubo que apartarlos de la crisis. Esta es una situación que es imprescindible resolver para el futuro.

 

Un segundo aspecto está relacionado con los principios y valores que han de atesorar los gestores que asumen el liderazgo de la salud de los ciudadanos. Asistimos a lo que considero un auténtico despropósito. Durante los primeros días de la crisis, muchas de las decisiones y declaraciones adoptadas por los gestores estaban destinadas a salvaguardar sus interés particulares: intentando demostrar su ausencia de responsabilidad en la crisis; buscando «responsables» o «culpables» sobre los que hacer caer sus consecuencias; adoptando conductas para beneficiar sus intereses de grupo o de partido; encubriendo toda aquella información que perjudicase sus intereses. Comportamientos que nos llevan a preguntarnos: ¿cuáles son los principios y valores que han de atesorar los gestores y políticos responsables de la salud de los ciudadanos? Los profesionales sanitarios compartimos un código ético de conducta: el respeto a los principios de autonomía, de beneficencia, de no maledicencia y el principio de justicia hacia las personas. Este código de conducta, que aspira a regir los comportamientos de los profesionales sanitarios, también debe exigirse para aquellos de rigen la política y la gestión de salud de los ciudadanos.

 

Un tercer aspecto que ha demostrado ser imprescindible en esta crisis ha sido el modelo de comunicación empleado por los gestores. El resultado de los primeros días fue el crecimiento del temor y la desconfianza de los ciudadanos. La ausencia de transparencia en los mensajes, el interés por encontrar culpables del contagio, la sospecha de que imperaban los intereses ocultos en las palabras empleadas por los gestores y la incapacidad de transmitir con precisión y claridad las consecuencias reales de esta enfermedad fueron el caldo de cultivo del temor creciente y de la desconfianza de los ciudadanos. Una vez más, asistimos a las consecuencias adversas de no haber sido capaces de precisar y cuidar la comunicación a la población en las situaciones de crisis sanitarias. Podemos recordar lo que sucedió con la epidemia de gripe del año 2009, que tuvo como el resultado del descenso de las tasas de vacunación en mayores de 65 años del 70% hasta el 57% en el año 2013.

 

En definitiva, la necesidad de un liderazgo social, la carencia de principios y valores entre algunos de los gestores de la epidemia y la necesidad de disponer de estrategias de comunicación con los ciudadanos ante situaciones de crisis sanitarias se han puesto en evidencia como elementos fundamentales para garantizar buenas políticas en salud para la comunidad. Elementos estos que también deben estar incluidos en los protocolos de atención a las crisis sanitarias y que estuvieron ausentes en el inicio de la crisis del ébola en nuestro país.

 

Bibliografía

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